Las grandes mareas de marzo en el Mont-Saint-Michel
Por Georges Rouzeau
Las extraordinarias mareas del mes de marzo en el Atlántico pueden llegar a superar el coeficiente 95. Un momento soñado para recorrer la bahía del Mont-Saint-Michel y descubrir su patrimonio.
© G. Rouzeau / ViaMichelin
Por encima de los tejados de la aldea.
Las mareas atlánticas de 2006 prometen ser excepcionales, especialmente en marzo: durante este mes se espera que al menos una decena supere el coeficiente 95 (recordemos que el máximo es 118). El espectáculo que ofrece el Mont-Saint-Michel con la marea alta es sencillamente impresionante (incluso peligroso si las condiciones meteorológicas no son favorables), aunque con la marea baja no deja de ser menos. El mar se retira varias decenas de kilómetros mar adentro dejando al descubierto más de 25.000 ha de arenales, regueros y fangales.
Las Casas de la Bahía y varios organismos privados organizan excursiones que permiten descubrir este patrimonio excepcional. Existen excursiones pedestres (de unos 15km, reservadas a los senderistas entrenados) dirigidas por guías oficiales que saben cómo sortear el principal peligro: no la pleamar (que según la leyenda sube con la velocida de un caballo al galope), sino las arenas movedizas, mucho más temibles. Si lo desea también podrá recorrer la bahía en un remolque acondicionado tirado por un tractor.
Durante la excursión usted avistará numerosas especies de pájaros: su situación en el cruce de las vías migratorias procedentes de las islas británicas y del Norte de Europa convierten a esta bahía en un importante lugar de parada e hibernación para la avifauna, ávida de ciénagas, marismas y humedales donde alimentarse. Otro punto de interés: frente a la ermita de Sainte-Anne (en el término de Saint-Broladre), a 6 km de la orilla, se levanta un sorprendente arrecife arenífero de 1,5 m de alto y 100 ha de extensión. Esta curiosidad geológica se trata en realidad de una colonia de sabellaria alveolata , pequeños gusanos marinos que construyen redes de tubos de arena en los que viven.
El paseo le permitirá descubrir asimismo la técnica de cría de los mejillones en vivero y las pesquerías de madera de Viviers-sur-Mer, explotadas desde el s. XI. Si prefiere disfrutar del espectáculo sin mojarse los pies quédese en el otro lado de la bahía, en la parte normanda: desde el Grouin du Sud podrá observar el macareo, el primer frente de olas que remonta la bahía durante la pleamar, una "barra" que puede llegar a alcanzar el metro de altura.
Una noche en el Mont-Saint-Michel
Cada año, el Mont-Saint-Michel recibe unos tres millones de visitantes, por lo que el lugar sufre no sólo los efectos del enarenamiento progresivo, sino también las inevitables congestiones. De ahí, entre otras muchas razones, que se haga conveniente pernoctar en este santuario fundado en 708 por san Aubert, obispo de Avranches.
A partir de las 5 de la tarde la megafonía insta a los automovilistas a que muevan su coche "a causa de las fuertes mareas". Acodado en el camino de ronda comprobamos como efectivamente la inmensidad arenosa, cuyo horizonte se confunde con el gris del cielo, se va viendo invadida progresivamente por unas lenguas de agua surgidas de no se sabe dónde. Gaviotas, chorlitos dorados, avefrías y agujas colinegras levantan el vuelo que les llevará de vuelta a sus hogares. Cae la noche y los últimos visitantes van bajando por la única Grande-Rue, una sucesión de casas antiguas, y van franqueando unas tras otras las sucesivas puertas de la aldea fortificada hasta llegar al aparcamiento. La tercera puerta, llamada porte du Roi (puerta del Rey - s. XV) porque en ella se alojaba la guarnición que el rey mantenía de forma simbólica en el "Monte", aún conserva los matacanes y el rastrillo.
A las 18h30, la campana anuncia el oficio benedictino de la abadía. No dude en acudir, es una excelente manera de sumergirse en la poesía y misticismo que inunda el lugar.
Al salir vemos a los gatos, que componen de lejos la población más numerosa del Mont-Saint-Michel, atacar con voracidad las basuras.
A nosotros nos aguarda una perspectiva mucho más alentadora: sentados en la Mère Poularde (foto al lado) y admirando los mismos revestimientos de madera históricos que vieron pasar a Francisco I y François Mitterrand, podremos disfrutar del arte de Michel Bruneau, chef que combina con maestría los productos de la tierra y del mar: cordero de pré-salé y cerdo de granja de Normandía, lenguados y ostras de la bahía, calvados y pommeau, un mosto de manzana mezclado con calvados.
La vista de la iglesia abacial (foto al lado) la efectuaremos al día siguiente y nada más abrirse sus puertas. De esta forma, disfrutaremos solos y con toda tranquilidad de una obra maestra cuya construcción se inició en el s. X. Tantas campañas de construcción y reconstrucción han dado como fruto un edificio complejo con un ordenamiento difícil de discernir. Máxime si tenemos en cuenta que la visita no se efectúa por época o edificio, sino, de forma más prosaica, por plantas y a través de un laberinto de escaleras y corredores.
No nos pararemos aquí en describir el lugar: el esfuerzo de hacerlo en pocas líneas resultaría a todas luces vano. No permitimos, eso sí, llamar su atención sobre un conjunto de edificios compuesto por seis estancias repartidas en tres plantas y conocido como la Merveille, la Maravilla, sin duda unos de los exponentes de la arquitectura monástica del s. XIII más bellos del mundo. Quedará impresionado por la armonía del claustro, suspendido entre tierra y mar, y por la vista de los inmensos herbazales y arenales inundados a tramos por el agua. El claustro inspira una intensa impresión de serenidad, provocada en parte por sus audaces recursos arquitectónicos. Así, el bosque de columnillas colocadas en aparente desorden que crea un interesante efecto de perspectiva. De sala en sala, el visitante maravillado va quedando atrapado por este poema de fe, esperanza y perseverancia...
Del Mont-Saint-Michel a Cancale
Tras salir del Mont-Saint-Michel por la D 976, cruzamos el Couesnon y entramos en Bretaña a la altura de Beauvoir. Nos adentramos a continuación por un paisaje de pólderes de más de 15.000 hectáreas. Estas tierras fértiles conquistadas al mar a partir del s. XIX están plantadas esencialmente de cereales y verduras y forman un curioso damero. Desde el pueblo de Roz-sur-Couesnon, situado en lo alto de un promontorio, se divisa una amplia panorámica del Mont-Saint-Michel.
Bordeando la costa no tardamos en llegar a Cherrueix, gran poblado típico de la bahía que aún conserva tres molinos y algunas casas con tejado de paja. Hoy, el lugar es famoso entre los aficionados a los carros de vela. La pequeña ermita de Sainte-Anne, construida en 1684 y aislada en medio de una encrucijada, merece una ojeada. A lo largo de la D155 se suceden verdes pastos en los que cohabitan pacíficamente rebaños de ovejas y colonias de gaviotas. Bandadas de avefrías surcan el cielo. Esté atento: con un poco de suerte y algo de paciencia quizá divise alguna de las rapaces -esmerejones, halcones y aguiluchos- que acostumbran a cazar en estos terrenos llanos y abiertos donde nada escapa a su vista.
A la altura de Vivier-sur-Mer, una curva a la izquierda nos lleva hasta el Mont-Dol, que es, junto con el Mont-Saint-Michel, uno de los últimos testimonios del plegamiento herciniano. Esta suave eminencia (que culmina a 63 m) rompe la uniformidad de un paisaje llano y monótono. El lugar albergó en sus orígenes un asentamiento prehistórico (se ha descubierto en él un importante yacimiento de fósiles de animales paleolíticos), luego fue elegido sucesivamente como lugar de culto por druidas, romanos y cristianos. Durante sus años de estudios en Dol, Châteaubriand solía venir hasta a aquí para dar rienda suelta a su melancolía precoz.
Pasado Vivier-sur-Mer, localidad famosa por sus viveros de mejillones, llegamos a Saint-Benoît-des-Ondes, que conserva varias pesqueras fijas: se trata de grandes corrales cerrados de 300 m de largo en los que los peces quedan atrapados al bajar la marea. Aquí, como más o menos en todo el litoral, abundan chiringuitos donde podrá saborear mejillones y ostras de una incomparable frescura.
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| | La gastronomía de Cancale La localidad de Cancale se ha convertido en uno de los puntos de "peregrinaje gastronómico" más concurridos de Francia. A ello contribuyen sus ostras, a saborear al aire libre en su puerto, y, sobre todo, la cocina de Olivier Roellinger, chef nacido en el lugar. Para descubrir sus creaciones marineras se le ofrecen dos posibilidades, una más asequible que la otra. La Maison de Bricourt es la casa de granito donde Roellinger pasó su infancia. En ella se degusta una cocina inspirada en el mar y las especias que desde el s. XVI transitaban por Saint-Malo: bogavante bretón hervido a los "sabores de la isla", róbalo en cocción suave o filetes de lenguado y almejas a la marinera con emulsión de cítricos y pimientas del mundo. Le Coquillage por su parte está instalado en el Château Richeux, una casona burguesa situada en un acantilado a 6 km de Cancale, frente a la bahía del Mont-Saint-Michel. El lugar es mágico y la cocina sencilla y asequible: cangrejo relleno a las brasas, calamares fritos con flor de sal o pichón a la brasa con guisantes y panceta. | |
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Escala en Cancale
La llegada por la D76 nos premia con una bonita vista de Cancale y su bahía, centro ostrícola famoso por sus ostras planas. El puerto de la Houle está protegido al norte por el espigón de la Fenêtre (de la Ventana) y al sur por el de l'Épi (de la Espiga), obras que hablan por sí solas de la violencia con que el mar azota este litoral.
En el "pueblo de abajo", adosado al acantilado y en el que se suceden bares, hoteles y restaurantes, se verá inmerso en el ajetreo de los barcos que vuelven de la pesca cargados de ostras. Un espectáculo y un decorado no exentos de encanto. En el "pueblo de arriba" (aparcamiento frente a la iglesia), habitado tradicionalmente por comerciantes y campesinos, conviene coger a la derecha de la iglesia el camino que lleva hasta la punta de Hock y al sendero des Douaniers (de los Aduaneros): disfrutará así de una hermosa vista de los acantilados, el puerto, los viveros de ostras (visibles durante la marea baja) y la isla de Rimains.
Lo más bonito viene al final (a 4 km al norte por la D 201). Se trata de la punta de Grouin, que se adentra en un mar verde frente a un panorama que abarca Granville, la bahía del Mont-Saint-Michel y, mar adentro, las islas Chausey.
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| | Información práctica Comité departamental de la Manche Comité departamental de Ille et Vilaine - Haute Bretagne Casa de la Bahía Dos empresas que organizan excursiones: Découverte de la baie Tfno. 02 33 70 83 49. Chemins de la baie du Mont-Saint-Michel Tfno. 02 33 89 80 88. La Maison de Bricourt (Relais gourmand Olivier Roellinger) 1, rue Du Guesclin 35260 Cancale Tfno. 02 99 89 64 76 Le Coquillage Le Château Richeux 35350 Saint Méloir des Ondes Tfno. 02 99 89 25 25 | |
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Fotografías: © G. Rouzeau/ViaMichelin, CDT 35, C. Mathiaud, Y. Gautier