 | Por J. A. López Pizarro
| Que Baeza es patrimonio de la Humanidad era algo de lo que tenían plena conciencia quienes conocieron la ciudad antes de la declaración de la Unesco del pasado verano. Los baezanos, durante siglos, se encargaron de que así fuera. |    | En Baeza no existe una zona monumental. Cuando llegamos e intentamos establecer el límite entre lo histórico y lo moderno, entre el palacio renacentista y el cajero automático, nos damos cuenta que es tarea inútil, que todo forma parte de todo y que la ciudad es de una sola pieza: la vida transcurre cotidiana por todas y cada una de sus calles y plazas, edificios y casonas, tengan diez o quinientos años. |    | |  | © J. A. López Pizarro El palacio de Jabalquinto
 | Hay frases hechas sobre Baeza que a fuerza de repetirse van camino de convertirse en tópicos, como la que insiste en describirla como una ciudad italiana en Andalucía. Es cierto que desde el punto de vista urbanístico no nos encontramos ante una típica ciudad andaluza. Su antepasada árabe, Bayyasa, quizás tuviera un entramado urbano más próximo al que comúnmente entendemos por andaluz. Pero Baeza no es ningún trasplante itálico entre olivares, y sus similitudes, si nos ponemos a buscarlas, es más fácil -y lógico- encontrarlas en tierras de Castilla. Lo castellano se palpa en el centro vital de la ciudad, en el paseo de la Constitución, flanqueado por soportales con nombres de los antiguos gremios que tuvieron allí actividad -tundidores, zapateros, carboneros, mercaderes...-, un quiosco de música y dos fuentes que parecen una sola metáfora: la fuente del Triunfo de la Inmaculada Concepción, y la de la Estrella, que conmemora otro triunfo, el de la revolución de 1868 que destronó a Isabel II. El paseo de la Constitución desciende suavemente hasta finalizar junto a la plaza del Pópulo, una de las imágenes universales de Baeza. La plateresca Casa del Pópulo o Escribanías Públicas, las Antiguas Carnicerías, la Puerta de Jaén y el Arco de Villalar, todo presidido por una fuente en la que cuatro leones íberos escoltan, a la vez que dejan escapar el agua, a la princesa íbera Imilce, esposa de Aníbal. |    | La calle Conde Romanones, que parte desde detrás de la Casa del Pópulo, nos ofrece una de las mejores vistas del campanario de la iglesia de San Juan Evangelista, junto a la Antigua Universidad de Baeza. Hermana de la de Salamanca, la Universidad atrajo a Baeza luces como la de la Imprenta, y sombras como las de la Inquisición. De ella, de su edificio, no se puede hablar sin hacerlo de Antonio Machado. Durante siete años dio clases de francés en él, reconvertido en Instituto de Segunda Enseñanza, y aún hoy se conserva y visita su aula, su mesa, su sillón, su brasero, y documentos y fotografías expuestos que testimonian su paso por Baeza. Calle arriba, justo antes de la Catedral, en la plaza de Santa Cruz, el románico de la iglesia que le da nombre se enfrenta con sobriedad a la impresionante fachada del palacio de Jabalquinto, gótico flamígero en estado puro. En el interior del palacio, el renacimiento, el manierismo, y el barroco se superponen y complementan, aunque esta breve mención no haga justicia a la galería renacentista, el patio manierista y la hermosa escalera barroca que alberga. Es difícil recordar una imagen de Baeza en la que no aparezca una fuente. La de Santa María, conmemorativa precisamente de la traída de las aguas a la ciudad, es el eje del espacio renacentista por excelencia de Baeza, y eso que barroco y gótico están presentes, respectivamente, en las fachadas del Seminario Conciliar de San Felipe Neri y de las Casas Consistoriales Altas. A pesar de la belleza de estos edificios, la dueña y señora de la plaza es, sin lugar a dudas, la Catedral, obra de Andrés de Vandelvira (véase Úbeda, o el talento de Vandelvira), un artista que encarna a la perfección el espíritu renacentista. |     | | © J. A. López Pizarro La calle Alta
 | Deambulando por la calle Alta, que rodea la Catedral, se tiene la sensación de estar en otro tiempo, muchos siglos atrás. Desemboca ésta en lo más alto de la ciudad, en las antiguas murallas árabes, hoy paseo Antonio Machado. Sierra Mágina y un inmenso valle aparecen enfrente. Federico García Lorca, en su juventud, contempló desde aquí mismo un atardecer, y vio nubes de ámbar azul que ocultan la luz del sol. |  |  |  |