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ESCAPADA
 

Cuenca, ciudad en movimiento

15/10/03
Calcule una jornada (dos con la visita a los museos)
Por J.A. López Pizarro
Cuenca surge ante los ojos del viajero derramándose desde lo alto de la sierra que la encajona. Sus casas fluyen formando un delgado hilo que, abajo del todo, en el llano, se remansa y extiende.




Ese efecto óptico que produce la visión de Cuenca tiene su explicación en la génesis de la ciudad, en una villa fortificada construida por los musulmanes que con los años acabó desbordada por el crecimiento de una población que se fue estableciendo en zonas más bajas y menos escarpadas. Cuenca fue históricamente una ciudadela de difícil acceso, encajada entre las infranqueables hoces de los ríos Júcar y Huécar. El espacio era un bien escaso y en ese hecho encuentra explicación buena parte de la arquitectura tradicional conquense. Pero la ciudad realmente se mueve. No es un movimiento físico sino mental y cultural. Cuenca es una ciudad dinámica con todas sus consecuencias y basta recorrerla para comprobarlo.




La ciudad, en términos algo básicos, se divide entre la parte nueva y la parte vieja, y hacia ésta última encaminaremos nuestros pasos. La frontera que separa ambas mitades es, según la opinión más generalizada, la calle de los Tintes, con una estética que nos adelanta lo que nos encontraremos cuesta arriba. Hay que decir que el paseo por Cuenca no se hace de forma lineal. En más de una ocasión tendremos que volver sobre nuestros pasos, pero no debemos preocuparnos por ello: el camino hacia los lugares de interés está muy bien indicado.
Desde la calle de los Tintes iremos pues a la de Alfonso VIII, el cordón umbilical que une las zonas antigua y moderna de Cuenca, y parte del eje sobre el que se construyó la vieja ciudad. La empinada calle de Alfonso VIII no es peatonal, circulan coches, y en ocasiones a cierta velocidad. Prácticamente en su inicio, a nuestra izquierda (acceso por la calle aledaña Mosén Diego de Valera y unas breves escaleras), la Torre de Mangana marca el emplazamiento del viejo alcázar árabe. La construcción es una reliquia de aquella fortaleza y preside una plaza que es muestra de esa energía cultural sin complejos que fluye por las esquinas y rincones de Cuenca. Junto a la torre árabe se levanta el monumento de Gustavo Torner a la Constitución española, no precisamente de estilo clásico. Más contundente es el contraste en la adyacente plaza de la Merced, en la que el trazado medieval y los edificios tradicionales hacen hueco al vanguardista Museo de la Ciencia de Castilla-La Mancha sin que nada chirríe. La declaración de Cuenca como ciudad Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, lejos de atenazar cualquier iniciativa culturalmente arriesgada parece que las estimula.
Pero volvamos a la Torre de Mangana y dirijamos la vista a Alfonso VIII: desde aquí veremos una interesante perspectiva de los "rascacielos" de Cuenca y de sus fachadas pintadas alternativamente de azul, amarillo, y rojo. Los "rascacielos" tienen dos caras: una, la delantera, que mira a la calle Alfonso VIII; otra, la trasera, que se aferra a las paredes de la hoz del Huécar desafiando al vacío e intentando aprovechar hasta el último palmo de espacio habitable. Por ello, al entrar en cada edificio nos encontraremos con dos escaleras: una que sube y otra que baja.
Seguimos nuestra subida y antes de que la calle desemboque en la plaza Mayor, cruzando bajo las arcadas del Ayuntamiento, habremos pasado por varias tiendas de artesanía local.




En la Plaza Mayor la Catedral es la protagonista absoluta. Pero dejemos esta visita para un poco más tarde y descubramos otra gran pasión de la ciudad: Cuenca y el arte moderno mantienen un idilio desde 1966, fecha en que Fernando Zóbel fundó el Museo Nacional de Arte Abstracto. Desde la Plaza Mayor, por las calles Obispo Valero y Canónigos, llegamos a las Casas Colgadas, en una de las cuales (en la llamada del Rey) está el Museo, gestionado por la Fundación Juan March, y que alberga obras de Chillida, Tapies, Saura, Zóbel, Oteiza...

De vuelta a la "realidad" aprovecharemos nuestra situación para disfrutar de la mejor vista de las Casas Colgadas. Para ello nos armaremos de valor y desafiando el vértigo iremos hasta el otro lado de la hoz del Huécar atravesando la pasarela de hierro y madera llamada puente de San Pablo. La experiencia puede ser dura para algunos pero la vista es sobrecogedora...


La impresión quizá nos haya abierto el apetito. En Cuenca se pierde la cabeza por el estómago: quesos, vinos, embutidos, carnes, pescados de las riberas cercanas... La variedad supera las expectativas y elegir en estos temas suele resultar problemático. Puede ayudar saber que en repostería el rey indiscutible es el alajú, una pasta de miel alcarreña y almendra entre obleas. En licores, merece mención aparte el Resolí, un destilado de café, naranjas, canela y aguardiente, digestivo en dosis muy moderadas. Pero si hay un plato que se identifique sin matices con Cuenca, ese es el morteruelo. Simplificando podría decirse que es como un paté "grueso" de carnes de caza e hígado, pero el morteruelo no se parece a ningún otro plato conocido. Comiéndolo, con trozos de pan, nos percatamos de que el morteruelo tiene la franqueza y contundencia de la misma Cuenca, pues para algo forma parte de ella.



Una vez repuestos del susto de la pasarela y satisfecho nuestro estómago, podremos al fin descubrir los tesoros de la catedral. Ésta es la más temprana catedral gótica de España. De impoluta piedra blanca y estilo gótico-normando, el templo se levanta sobre el solar de la antigua Mezquita de Conca. En su interior, joyas como el Transparente del sepulcro de San Julián, la Sacristía Mayor o la descomunal reja del Altar Mayor. No es una catedral de interior fastuoso, pero su sencillez, su planta de cruz latina, parece hacer resaltar más aún sus tesoros. Además, está esa luz que parece animar la piedra. Un efecto causado por el tamizado que ofrecen las vidrieras. Precisamente ahí, en las vidrieras, nos encontramos otra vez el desafío estético que permanentemente mantiene Cuenca consigo misma: junto a los cristales góticos lucen otros con dibujos que poco tienen que ver con el medioevo y mucho con el arte no figurativo. Se trata de vidrieras diseñadas por artistas contemporáneos, como Gustavo Torner, Dechanet o Gerardo Rueda, que lucen junto a rosetones del siglo XIII.




El ascenso sigue luego por la calle San Pedro, la que fue arteria principal de la antigua Cuenca. Caminamos hacia el origen histórico de la ciudad entre recoletas plazas -como la de San Nicolás-, casas blasonadas y antiguos palacios hasta llegar a lo más alto, al Convento de las Carmelitas (s. XVII), donde tiene su sede la Fundación Antonio Pérez, el otro gran foco de arte contemporáneo conquense, y al Castillo.

Llegados a este punto, cada uno querrá recorrer las calles de Cuenca a su aire, descubrir cada rincón, descender por las rondas del Júcar o del Huécar y, llegada la noche, quizá volver a la pasarela para ver las casas colgadas iluminadas. Por otro lado, sería una pena irse de Cuenca sin perderse por las callejuelas del barrio de San Martín (en la trasera del Museo de Arte Abstracto). No hablamos de la Cuenca más espectacular: en otoño, con las brumas que suben del río, el color de la vegetación y los olores de los frutos maduros, sabremos que estamos en la Cuenca más íntima.



 
Catedral

Más información

Oficina municipal de turismo
c/ Alfonso VIII, 2
16001 Cuenca
Tfno. 969 232 119

Más información en www.cuenca.org