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DESTINO
 

Cadaqués, a la sombra de Dalí

01/07/03
Por J.A. López Pizarro

Llegar a Cadaqués tiene algo de rito iniciático, de ejercicio de fe que hay que superar. Las docenas de curvas que retuercen entre montañas los últimos quince kilómetros hasta el pueblo ponen a prueba a quien no sabe aún qué encontrará al final del camino. Y ello pese a las impresionantes vistas del interior de parque del cabo de Creus, quizás de las mejores, con que por momentos la carretera parece querer engatusarnos.




Cadaqués surge como una aparición y disipa cualquier asomo de fatiga del viaje. La sensación que produce viéndola aún a distancia es que no está allí por la voluntad de los hombres sino que la misma naturaleza la levantó en su ensenada como parte indisociable del paisaje. Sólo el blanco de sus casas contrastando con la oscura pizarra de los montes que la rodean nos apartan de esa idea. La iglesia de Santa María es el vértice sobre el que se arracima el pueblo y la permanente referencia en su entramado de viejas calles y callejones. Su interior alberga un retablo barroco en madera de olivo que corta la respiración y, desde hace más de treinta, uno de los festivales de música más antiguos de España. Siempre un paso por delante en la cultura, virtud tempranera que la misma naturaleza le reconoce al ser primer lugar que el sol ilumina cada mañana en la Península ibérica. Todo encaja en Cadaqués, las callejas de aire medieval de Call judío con edificios modernistas como la Casa Serinyana. Pese a su relativo aislamiento durante siglos, nunca estuvo este puerto natural al margen de las distintas corrientes artísticas que circulaban más allá de las montañas.




De guerreros y artistas


Muchas han sido las visitas, más o menos ilustres, que tuvo Cadaqués. Como la de Roger de Lluria, que dijo en su bahía aquello de que ningún barco ni pez osaría cruzar estas aguas sin portar la bandera del rey de Aragón aunque fuera en la cola; Barbarroja, que hizo poco caso al reto del almirante almogávar y saqueó la villa sin compasión; o el malagueño Picasso, en quien la influencia de su breve estancia en el pueblo es perceptible en los cuadros que allí pintó. Pero si Cadaqués es conocida en el mundo entero no es asociada a esos nombres sino al de un turista de Figueres llamado Salvador Dalí. Llegó al pueblo muy joven de vacaciones con su familia y ya por entonces hizo sus primeros apuntes deslumbrado por la luz de este rincón del cabo de Creus. Federico García Lorca pasó un verano con él en Cadaqués, y posteriormente tuvo de invitado a Buñuel, con en el que rodó en estos parajes Un perro andaluz. Después fue Paul Eluard y Gala, su esposa, que terminaría abandonando patria y marido para quedarse en Cadaqués con Dalí, el mismo que con su imán atrajo hasta este punto de la costa a artistas de todo el mundo, algo que terminó dándole al pueblo un aire en el que lo cosmopolita y lo local se funden en perfecta mezcla.
Lo daliniano en Cadaqués ha terminado por ser omnipresente. Es difícil escapar a las numerosas referencias al pintor, sea una escultura, el nombre de un comercio o las incontables reproducciones de sus cuadros que aparecen por doquier.
Pero no sólo de postales vive el espíritu de Dalí en Cadaqués, que cuenta con dos museos, el Municipal de Cadaqués y el Perrot-Moore, en los que se muestran pinturas y estudios suyos, así como de otros artistas de la talla de Picasso o Pitxot.




Salvador Dalí y Gala abandonaron Cadaqués por el cercano poblado de Portlligat, donde vivieron en una casa de pescadores que transformó el artista en la plasmación tangible de su mundo surrealista. El camino entre las dos poblaciones es un tranquilo paseo rodeado de olivos que se recorre a pie en menos de media hora. Ya en la cala de Portlligat no es difícil distinguir la casa-museo de Dalí, conocida popularmente como la Casa de los Huevos, cuya visita es necesario concertar. Tras la puerta, un gigantesco oso polar nos da la bienvenida al universo Dalí... ¿De qué otra forma si no podría ser?