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DESTINO

 

Ampurias, la huella griega

01/07/03
Por J.A. López Pizarro

De entrada no resulta curioso que las dos únicas ciudades griegas conocidas en toda la Península Ibérica, Ampurias y Rodhe, disten entre sí un puñado de kilómetros. Lo que realmente sorprende es que sus respectivos fundadores provinieran de distintas regiones de Grecia. Se apuntarán razones comerciales, geoestratégicas e incluso militares, pero lo cierto es que visitando esta parte de la costa catalana se intuye que fue algo más lo que dejó amarrados a los griegos a Empúries.




Uno siente que, más allá del paisaje visible, este litoral tiene una fuerza propia que le nace de dentro. De hecho, el aspecto que tenía en el s. VI a.C., cuando los primeros griegos focidios desembarcaron frente a la actual Empúries, era bien distinto a los pinares y recoletas playas que hoy abundan en la bahía de Rosas. Unas vastísimas marismas se extendían por entonces ante su vista, el Mediterráneo lo inundaba todo. El primer lugar habitable que atisbaron fue la isla en la que se encuentra el poblado medieval de Sant Martí d'Empúries, convertida en península por mor de un estrecho istmo. Aquellas marismas desaparecieron por la implacable mano del hombre, pero todavía es posible ver cómo era el golfo de Rosas hace dos mil años en el cercano Parque Natural dels Aiguamolls (marismas), en Castellò d'Empúries. Allí se protegen cinco mil hectáreas de los últimos humedales que se conservan en el Ampurdán, un paraíso para las aves y para quienes disfrutan observándolas.




La aventura del comercio


Emporión, lugar en el que se comercia, fue como bautizaron los griegos su primer asentamiento y sin preverlo, a toda la futura comarca del Empordà. Durante siglos la isla fue creciendo en población e importancia, hasta que, posiblemente saturados por un aluvión de refugiados de la batalla de Alalia, se dio el salto a tierra firme en el s. III a.C. Frente a la ciudad vieja o Paleópolis de la isla se empieza a levantar la Neápolis. Los íberos Indiketes se establecen en torno a la nueva Emporion y la cultura helena va penetrando en los nativos a ritmo de trueque primero y de moneda de ceca propia después. Ampurias se convierte en la puerta por la que la civilización griega entra en la Península. Por todo el Levante abundan los textos íberos escritos con caracteres griegos, e incluso en Huelva se han hallado restos de cerámicas procedentes de Emporion. La ciudad llega a rivalizar en poderío económico con la rica Massilia, la actual Marsella, de la que dependió en los primeros siglos de existencia.
Con la excusa de la II Guerra Púnica, Roma desembarca en Empúries y levanta un campamento, que posteriormente Julio César transforma en ciudad residencia para veteranos. Fue el principio de la romanización. Emporion se convierte en Emporiae, e Iberia en Hispania.




El enclave hoy


Empúries fue decayendo progresivamente hasta finalmente ser destruida por invasiones bárbaras y árabes. En el municipio de L'Escala podemos visitar hoy los restos de aquella ciudad griega con su ampliación romana. No son unas ruinas como otras: aquí las piedras hablan. Sin imaginar mucho se ve cómo eran las casas, las conducciones de agua, las defensas, la necrópolis o los restos del templo dedicado al dios Asclepios, quien, ajeno a la tramontana, mira impasible el mar. Las ruinas, rodeadas de cuidados jardines, cuentan con un museo arqueológico en el que se conserva un precioso mosaico romano que representa el Sacrificio de Ifigenia. Pero en este tiempo de estío lo mejor es dejarse llevar por el intenso olor a resina de pino que desprende el aire y pasear por el entramado de calles y plazas. Luego, atravesando la Porta Marina, caminar hacia la playa, junto a los restos del muelle helenístico, y dirigirnos al origen de todo, a Sant Marti d'Empúries, a dar cuenta de unas anchoas en salmuera, especialidad local, y darnos un baño en su coqueta playa... O al revés.


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