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Oviedo, a la sombra del carbayón

01/06/03
Por J.A. López Pizarro

Durante siglos existió en Oviedo un enorme roble, carbayón en bable, que los ovetenses tenían como emblema de la ciudad y que en sus orígenes habría sido venerado como árbol sagrado. Incluso dio nombre a quienes se cobijaban bajo su sombra, denominándose carbayones a los vecinos de Oviedo. A finales del XIX el roble fue derribado y en el lugar que ocuparan sus raíces creció una calle.




Era la calle Uría, el actual centro neurálgico de Oviedo, donde con más fuerza late el corazón de la ciudad. Hoy día, en la calle Uría los carbayones más fáciles de encontrar son los típicos dulces de almendras de ese nombre, y los bosques más cercanos están en el Campo de San Francisco, parque urbano, jardín botánico e histórica parada y fonda de san Francisco de Asís en su peregrinación a Santiago.

En contra de lo que podría parecer por la historia del carbayón, Oviedo es una ciudad moderna, respetuosa con su pasado y con una intensa vida cultural. No lejos de la calle Uría se levanta el teatro Campoamor, en el que cada año se entregan los premios Príncipe de Asturias, una cita anual ya tradicional. Pero la cultura se vive en Oviedo a pie de calle. A espaldas del Campoamor, en la plaza de la Escandalera, nos encontramos con una escultura de Botero, La Maternidad: una de las muchas esculturas que hacen de las calles de Oviedo un auténtico museo y convierten a la ciudad en la segunda de España en número de esculturas al aire libre. El recientemente desaparecido Eduardo Úrculo tiene más de una escultura en exposición permanente, pero quizás la preferida por los visitantes, usando como criterio las colas que a veces se forman para fotografiarse junto a ella, es la ubicada en la plaza Porlier titulada El regreso de Williams B. Arrensberg.




Hay en Oviedo una mujer de bronce que pasea inmóvil por la plaza de Ramiro II, a los pies de la Catedral. Es Ana Ozores, "La Regenta", que vivió en una imaginaria Oviedo con el nombre trastocado en Vetusta. Su creador, Leopoldo Alas Clarín, convirtió en literaria una ciudad a la que no le hace falta mucho para ser el paisaje imaginado de cientos de novelas. Su casco antiguo conserva el viejo trazado medieval, y pasear por sus callejas estrechas y tranquilas es uno de los principales placeres en una capital que ha desterrado el coche de su centro histórico.
La Regenta paseó tantas veces junto a la Catedral que hoy casi la mira de reojo. Pero para admirar esta gloria del gótico flamígero que es San Salvador hay que coger perspectiva. Hasta aquí llegaban los peregrinos jacobeos que, como san Francisco, hacían bueno el dicho de que "Quien va a Santiago y no a San Salvador, sirve al criado y olvida al Señor", en referencia a las reliquias que se guardan en la Cámara Santa de la Catedral. Junto a las reliquias cristianas, la Cámara guarda otras joyas de incalculable valor histórico y sentimental para los asturianos en general y los ovetenses en particular. Se trata de dos cruces: la de la Victoria, que aparece en la bandera del Principado, y la de los Ángeles, incluida en el escudo de la ciudad. Además la Cámara Santa es en sí una muestra del estilo arquitectónico por excelencia de Asturias: el Prerrománico. Por todo el Principado se reparten iglesias y edificios de este elegante estilo que conjuga la tradición local con influencias venidas de Bizancio e incluso de Oriente.




No son muchas las construcciones prerrománicas que se conservan en la ciudad. Pero si queremos ver personalmente la única muestra que ha perdurado hasta nuestros días en toda Europa de obras civiles alto medievales, debemos buscar la calle Gascona. Allí, mil cien años después, la fuente de la Foncalada, mandada construir por Alfonso III, sigue protegiendo bajo sus piedras el mismo manantial de agua potable sobre el que se construyó.

Las piedras tienen algo de tierno en los edificios prerrománicos. Oviedo está vigilada por el monte Naranco y en él hay tres cumbres: la del propio monte y las dos del Prerrománico asturiano: la iglesia de San Miguel de Lillo y el palacio de recreo de Santa María del Naranco. El palacio es pequeño, asomado sobre la ciudad, hecho a la medida del hombre. Pero San Miguel de Lillo tiene la capacidad de algo tan difícil en la piedra como es despertar sentimientos: esa iglesia, por algún desconocido mecanismo, se hace entrañable a quienes la visitan.

De vuelta a Oviedo convendrá tomarse un descanso. Y es más aconsejable hacerlo en algún chigre o sidrería y recuperar fuerzas con un bollu preñao. En la calle Gascona precisamente, el rumor del agua de la Foncalada se confunde con el sonido de la sidra escanciada por encima de las cabezas. La sidra es una de las pasiones de Asturias: la bebida 100% natural crea legiones de adeptos cuando se bebe bien tirada, con el anhídrido carbónico liberado al romper el líquido sobre el cristal del vaso. Al final, sidra y Asturias quedan tan íntimamente ligadas que el sólo hecho de llevarnos a los labios un vaso de la preciada bebida bastará para trasladarnos, al menos en alma, hasta el Principado.