 | Por Carlos Mármol
| El célebre arrabal de Triana, en sus orígenes apenas un conjunto tímido de casas y alguna iglesia situada extramuros de la Sevilla antigua, una réplica menor de la ciudad a partir de la cual nació al otro lado del río Guadalquivir, se ha convertido con el correr de los siglos en uno de los símbolos más imperecederos de la ciudad. |    | La prosa oficial suele comparar este viejo barrio marinero con el Trastevere romano o la Mala Strana de Praga. Cualquier comparación resulta completamente falaz; además de incierta, consolida precisamente uno de los principios esenciales de los antiguos habitantes del barrio. Triana es única. Triana es singular. Triana es impar. El arrabal conserva aún hermosos restos arquitectónicos de su pasado. Es un escenario privilegiado de una forma de vida local cuyos protagonistas -los trianeros de toda la vida, entre ellos las familias gitanas que dieron nombre a una de las antiguas Cavas (calles) - hace tiempo que emigraron hacia los barrios periféricos, donde reprodujeron las mismas carencias del lugar en el que nacieron. Triana es hoy día un barrio de clase-media, en algunos casos media-alta, que vive del comercio tradicional y el turismo. Un escenario de la Sevilla más tradicional. |    | Desde una de sus atalayas, sin embargo, puede contemplarse el escenario de un futuro que también es pasado paradójico: la Isla de la Cartuja, sede oficial de la Exposición Universal de 1992. Un paseo más o menos heterogéneo, infiel en parte a los circuitos turísticos más consolidados, debería iniciarse en el Puente del Cristo de la Expiración, construido hace ahora diez años sobre el antiguo tapón de tierra que dividía la dársena histórica del Guadalquivir en dos partes. El puente permite observar la ciudad tradicional existente aguas abajo -hacia el Sur- y, al tiempo, la urbe emergente residenciada en la Cartuja, donde se encuentra un parque empresarial. El paseo hacia el Sur deriva hacia la historia. Bajando por la calle Castilla -una de las vías comerciales más tradicionales del barrio, ahora transformada por tiendas de nuevo cuño- todavía pueden contemplarse algunos de los viejos corrales de vecinos en los que se mitificó la forma de vida a la trianera manera. También dos iconos de la ciudad y el barrio: el Cristo del Cachorro (una escultura de Jesús agonizando que, cuenta la leyenda, se inspiró en un gitano que fue apuñalado) y la Virgen de la O. El paseo dedicado a la Virgen -que discurre junto a la orilla del río- se conecta con Castilla por el antiguo Callejón de la Inquisición, bautizado con este nombre debido a la existencia secular del Castillo de la Inquisición, cuyos restos permanecen aún bajo el nuevo edificio del mercado. |    | El zoco del barrio, recién inaugurado, personifica la reciente evolución social del arrabal: de área popular a zona pudiente. Una de sus entradas conduce hacia el Altozano, la plaza desde la que se contempla la clásica estampa sevillana: el río, la Maestranza (vista a través de la estatua de Juan Belmonte), la Torre del Oro, el Puente de Isabel II (que ha cumplido 150 años hace poco) y, al fondo, la Giralda y la Catedral. Desde el Altozano se abren dos vías hacia el resto del arrabal: por un lado Betis, una calle de ribera convertida en escenario turístico; por otro, Pureza, su contraria, más interior y donde se encuentra la Parroquia de la Esperanza de Triana. Un edificio conecta la dos calles: la Casa de las Columnas, el centro cívico del barrio, construido en un antiguo palacete. A sólo unos pasos, la Catedral propia trianera: la Iglesia de Santa Ana, tras la que se esconde una de las más hermosas plazas de Sevilla (con algunos de los bares de tapas más animados de Triana). A esta iglesia llegó, después de dar su primera vuelta al mundo, el marinero Juan Sebastián Elcano. Origen y destino de la aventura americana. |  |  |  |