 | Por Carlos Mármol
| La primavera en Sevilla es una estación deseada casi obsesivamente. Es el tiempo de los ritos colectivos, de las dos principales fiestas de la ciudad: la Semana Santa y la Feria de Abril. La capital de Andalucía se hace entonces escenario de sí misma: recupera tradiciones seculares, se viste de nuevo con los amables aires de un pueblo grande y deja plácidamente que un ejército de turistas sea testigo de su momento de gloria. |    | Una sucesión de estampas clásicas caracterizan este tiempo. El espacio colectivo se carga de significado -se peregrina a las iglesias más que durante el resto del año, se reescribe el mapa urbano de la ciudad a través de los itinerarios de las hermandades y cofradías (57 corporaciones procesionan a lo largo de siete días)- y la familia, una de las instituciones nucleares de la cultura mediterránea, crece y reverdece en una serie de ritos comunes. |    | Visitar la ciudad en esta época del año exige tesón y esfuerzo. Pese a las bondades del tiempo, los hoteles suelen estar repletos de visitantes y es necesario estar preparado para caminar y soportar de pie aglomeraciones masivas -la denominada bulla sevillana, muy civilizada, por otra parte- a cambio de contemplar una especie de gran obra de teatro colectiva en la que el escenario es la ciudad misma, los actores son los propios sevillanos (la mayoría de ellos pertenece a una hermandad; algunos, incluso, a varias) y los espectadores son tanto propios y foráneos. Los desfiles procesionales (conocidos como estaciones de penitencia, terminología heredada de los tiempos barrocos) se inician el Domingo de Ramos y terminan el Domingo de Resurrección. Cada día salen una media de seis hermandades. Los días fuertes son las noches. Una paradoja explicable si tenemos en cuenta que las cofradías más importantes -la Macarena, el Gran Poder, la Esperanza de Triana- procesionan durante la madrugá del Viernes Santo. Todas siguen el sendero hacia la Catedral sevillana a través de un recorrido establecido -la carrera oficial- en el que se miden los tiempos y se cuida la forma de procesionar. El camino hacia este punto, y, sobre todo, el regreso a sus correspondientes templos (muchas hermandades son el resultado de antiguos gremios o proceden de collaciones obreras) se desarrolla libremente. |      | La Feria, en cambio, es la antítesis de la Semana Santa. O, al menos, de cierta forma de Semana Santa: la que se viste de negro. Hay otra Semana Santa más festiva que conecta en buena parte con el espíritu de la segunda gran fiesta de la ciudad. Los sevillanos construyen en Abril una ciudad efímera de casi mil casas exclusivamente para utilizarla durante apenas una semana. La alzan junto al río (de nuevo), en los terrenos del antiguo brazo fluvial de Los Gordales. Construyen casetas de lonas -auténtica arquitectura perecedera con impresión de estabilidad y permanencia- y trasladan toda su actividad diaria al recinto ferial. Allí, bajo la inmensa portada de bombillas que marca la entrada a la ciudad de lonas y albero, desayunan, almuerzan, cenan, se reúnen con los amigos o la familia, cierran negocios, compran, venden, miran, contemplan a los demás y se dejan contemplar. En este último rito -el de dejarse ver- radica buena parte de la esencia de esta fiesta que se inició como feria ganadera y ahora no tiene de rural más que la estética y cierta herencia -los paseos en coches de caballos, por ejemplo- de unos tiempos en los que había señores de campo y braceros. La mayoría de las casetas son privadas (no se puede entrar libremente salvo en aquellas que son de uso público: partidos políticos, distritos municipales). A ellas sólo se accede por invitación. La Feria exige por tanto tener 'cicerones locales'. Aunque también puede contemplársela como espectáculo efímero de un mundo -el agrario- en el que Sevilla asentó, quizás más que nunca, su condición de espejo oficial de ese territorio multiforme llamado Andalucía. |   |  | | Algunos consejos prácticos | | Dónde ver las cofradías Las mejores ubicaciones suelen ser para iniciados. Junto a la salida y entrada en los correspondientes templos (la Macarena, por ejemplo hay que verla en su barrio porque es, sobre todo, una cofradías de barrio), cada hermandad tiene un escenario propio en el que se suele recrear. Algunos ejemplos: el Gran Poder, en la Plaza de San Lorenzo; El Silencio (la cofradía más antigua de Sevilla) al salir de la Catedral, El Cachorro, por el puente de Triana. Los Gitanos por el Salvador o los Servitas, en la calle María Coronel, cuando se apagan todas las farolas y la calle queda en una penumbra únicamente alumbrada por la candelería de los pasos.
Qué hacer fuera del Real durante la Feria La Feria tiene su complemento exterior al propio recinto ferial en la Plaza de la Maestranza, el coso taurino del Baratillo que, por cierto, también da nombre a una hermandad. A lo largo de toda la semana hay corridas de toros en la Maestranza, considerada la plaza más hermosa del mundo y, también, la más sabia en el arte de la tauromaquia. Con independencia del espectáculo taurino propiamente dicho, una visita a los alrededores de la plaza merece la pena. Una auténtica excursión sociológica: viejos reventas, expertos con un habano en la boca, adinerados sevillanos que llegan a la plaza en coches de caballos y bares, casi todos, en los que las corridas se comentan con una copa de vino o un plato (exquisito, por cierto) de cola de toro. | |  |  | |  | |  |  |