 | Por Carlos Mármol
| Un paseo público que ha terminado convirtiéndose en una ciudad dentro de la ciudad. Un viejo mito histórico. Un estado del alma. La Alameda de Hércules, el viejo paseo burgués de la Sevilla de los buenos tiempos, es hoy uno de los espacios más activos, mutantes y heterogéneos de la capital del Sur de España. |    | Nacida sobre uno de los antiguos brazos del Guadalquivir, el río que explica la fundación misma de la ciudad, el propio hecho urbano sevillano -Sevilla es una urbe-puente entre dos orillas-, esta inmensa plaza pública fue en sus orígenes remotos (siglo XIII) un muladar de barro colmado por las inundaciones y la basura que arrastraba el devenir fluvial. Situada extramuros de la antigua ciudad almorávide -la que se extendía hacia dentro de las murallas defensivas, que todavía siguen parcialmente en pie-, no fue urbanizada hasta 1574, cuando el cauce fluvial se cegó por completo por orden de Francisco Zapata, Conde de Barajas. Según algunos estudiosos, esta singular operación urbanística permitió entonces crear el primer jardín público que existió en Europa. Desde entonces conserva intactos sus dos principales símbolos: las columnas romanas que la inauguran -tomadas de un antiguo templo de Híspalis ubicado en la calle Mármoles- y las esculturas que las coronan, dedicadas a Hércules -mítico fundador de Sevilla, según las leyendas- y Julio César. Las dos son obras del escultor Diego Pesquera, que las dedicó a los reyes Carlos I y Felipe II.
La evolución histórica de este territorio urbano ha sido siempre dual. Ha albergado, por fases, lo mejor y lo peor de la ciudad. Esta sucesión cíclica de declives y tiempos de esplendor terminó configurando, casi por destilación, un espacio polisémico en el que actualmente se mezclan las clases populares de la Sevilla de siempre -los grupos de población que sobreviven del antiguo censo del centro- con estudiantes, artistas y jóvenes profesionales alternativos recién llegados que creen haber encontrado en sus calles y plazas menores, pobladas de cafeterías, bares, tiendas de inmigrantes y ropa moderna, una especie de Greenwich Village hispalense. Un espacio para la disidencia a la sevillana manera.
Los controvertidos efectos del Plan Urban -una iniciativa municipal para regenerar el barrio desde el punto de vista urbanístico iniciada en 1999 y financiada con fondos de la UE- han terminado revalorizando el precio del suelo residencial, expulsando a muchos vecinos de toda la vida y dando cobijo a las clases económicas más pudientes. La reforma completa del paseo principal, dividido en los años treinta en tres zonas distintas para dar prioridad a los vehículos sobre los paseantes, termina ahora por cerrar el círculo. Un proceso que algunos vecinos consideran el de la normalización urbana de la Alameda pero que otros critican por su intento tácito de codificar un lugar vivo y múltiple. |    | El barrio, sin embargo, conserva todavía su espíritu contestatario. Una condición que nace precisamente de una vieja tradición: haber sido históricamente lugar de asentamiento del efímero carnaval sevillano -las célebres murgas-, escenario de veladas populares, hogar de los primeros cines de verano -en los que los sevillanos aprendieron a bailar los boleros sudamericanos- y sede de los míticos cafés-flamencos, en los que se cantaba hasta el amanecer. Una época, ya ida, sobre la que se asienta uno de los dos pilares del mito duplicado de la Alameda: el del Arrabal. El otro, herencia de aquella Alameda que durante cierto tiempo fue el paseo señorial de la Sevilla burguesa, se personifica en la recuperación de un antiguo edificio: la Casa de las Sirenas, construida en sus orígenes como un hermoso palacete residencial de estilo francés por Lázaro Fernández, Marqués de Esquivel, y ahora transmutada en centro cívico municipal, complejo de exposiciones y foco de reunión de las asociaciones del barrio. La historia revisitada. |  |  |  |