 | Por Gerardo Arrarte
| En medio de un berrocal salpicado de encinas, se alza un sorprendente conjunto monumental, cuna de conquistadores y memoria viva de sus aventuras americanas. La villa medieval, encerrada entre alcázares y murallas, se abre al campo y al mundo en forma de ciudad renacentista y sus piedras severas dejan paso a otras ricamente labradas para adornar las fachadas de palacios que compiten en esplendor. |    | La espaciosa Plaza Mayor de Trujillo constituye el vínculo de unión entre aquella villa amurallada que se alza muy cerca de ella y esta parte de la ciudad erigida en época moderna. Resulta muy peculiar esta plaza de trazado irregular y marcados desniveles, donde los grandes palacios construidos por linajes de conquistadores alternan con casas populares en esa disposición caprichosa y algo desordenada que deja entrever la inopinada y repentina irrupción de nuevas fortunas, ansiosas de dejar plasmado su poderío. Sólo los soportales, con sus nombres evocadores de viejos mercados (del Paño, de la Verdura, del Pan, de las Carnicerías), parecen recordarnos la función de la plaza como centro de la vida ciudadana. Preside este gran espacio en actitud guerrera la estatua ecuestre de Francisco Pizarro, conquistador del Perú y fundador de la ciudad de Lima, donde cuenta con un monumento idéntico a éste. Aunque el más ilustre, no fue el único trujillano que se embarcó en la empresa americana. También nacieron aquí, entre tantos otros, Francisco de Orellana, descubridor del Amazonas, María de Escobar, introductora en el Perú de cultivos como el del trigo y la cebada, Diego García Paredes, llamado por su fuerza física el Sansón extremeño, y los hermanos de Francisco Pizarro, Gonzalo, Hernando y Juan, que le acompañaron en la conquista del Perú. Entre los grandes palacios que se disponen en torno a la plaza, todos ellos dignos de nuestra atención, destaca el del Marqués de la Conquista, construido por Hernando Pizarro según lo dispuesto en su testamento por su hermano Francisco. Es un edificio de estilo plateresco en el que destaca un magnífico balcón esquinado, elemento típico de los palacios trujillanos, coronado por el gran escudo de armas del conquistador. Su interior constituye un auténtico delirio de adornos inspirados en la exuberante flora y fauna americana, así como en la realeza, la cultura y la mitología incas. |    | Desde la parte alta de la plaza, se accede al exterior de la muralla que rodea la villa medieval. Está jalonada a intervalos irregulares por diecisiete torres, cinco puertas y varios alcázares y "alcazarejos", edificados por nobles del lugar para reforzar la defensa del recinto. De los numerosos edificios de interés histórico y artístico que se encuentran intramuros, merece especial atención la iglesia de Santa María la Mayor, que cuenta con una hermosa torre románica y que alberga uno de los tesoros de la pintura gótica española, el retablo mayor obra de Fernando Gallego. Alberga además los sepulcros de numerosos personajes ilustres. En los alrededores de la plaza de Santa María, se sitúan numerosos palacios y casas solariegas, incluidas la casa natal de Francisco de Orellana, en la empinada cuesta de la calle de las Palomas, y la del padre de Francisco Pizarro, en la misma plaza. Esta última es hoy sede de un museo dedicado a la figura del conquistador y dispone de un espacio que reproduce el ambiente de una vivienda de hidalgos del s. XV. Por calles escarpadas se sube al castillo, cuya visita resulta interesantísima, no solo por el valor y sabor histórico de las propias fortificaciones, sino por las estupendas vistas que ofrecen de la ciudad y sus alrededores.
Al volver el viajero sobre sus pasos y descender hacia la Plaza Mayor, donde le esperan suculentos manjares en cualquiera de los restaurantes cercanos, podrá hacerlo siguiendo la línea de la muralla, deteniéndose tal vez para visitar alguno de los alcázares que refuerzan y adornan este antiguo escenario de asedios feroces, que hoy invita al solaz y la reflexión. |  |  |  |