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DESTINO
 

La ciudad monumental de Cáceres

01/03/03
Por Gerardo Arrarte

Declarado Patrimonio de la Humanidad, el recinto amurallado de la ciudad de Cáceres ofrece al visitante una espectacular combinación de historia y arte. Auténtico concierto de piedra y tiempo, sus calles y plazas nos sorprenden a cada paso con palacios góticos de torres imposibles y con vestigios de un pasado casi legendario y a menudo turbulento, custodiado hoy por pacíficas cigüeñas.




El actual término municipal de Cáceres fue escenario de poblamientos humanos ya en época paleolítica, como atestiguan las pinturas rupestres llenas de misterio que se conservan en la cueva de Maltravieso y que representan manos en negativo, animales y puntas de flecha. Aunque la cueva está actualmente cerrada al público, existe una réplica que puede visitarse en el contiguo centro de interpretación, situado en la avenida de Cervantes, al sur de la ciudad.
Si bien Cáceres tuvo su origen en la colonia romana de Norba Caesarina, fundada en el siglo I a.C. y de la cual podremos observar algunos restos interesantes, permaneció luego abandonada y no fue hasta la baja Edad Media cuando alcanzó la importancia estratégica que se refleja en las imponentes fortificaciones de su recinto amurallado. Recorrerlo a plena luz del día o en la sugerente atmósfera que lo envuelve tras la caída del sol es una experiencia inolvidable.




El viajero puede comenzar su visita desde la gran Plaza Mayor, situada extramuros. Llaman la atención dos grandes torres árabes del s. XII, la de Bujaco y la de la Hierba, y entre ellas, otra gótica del XV adosada a la muralla y llamada de los Púlpitos por las dos garitas que coronan sus ángulos delanteros. La Torre de Bujaco, situada a la izquierda, constituye, con su mole de 25 metros de altura, una de las vistas características de la ciudad. Sirvió de último refugio a las tropas cristianas que en 1173, poco después de la primera reconquista de la ciudad, la defendieron inútilmente de las tropas del califa Abú Ya'qub, de quien se cree que toma su nombre.
Cerca de la torre de Bujaco, se encuentran las escalinatas que llevan al Arco de la Estrella, por el cual se accede al interior del recinto amurallado. En este lugar juraron los Reyes Católicos los fueros y privilegios de la ciudad. La puerta fue reformada en el siglo XVIII para permitir la entrada de los grandes carruajes de esta época, lo cual explica la peculiar disposición del arco en esviaje, abriéndose paso de forma oblicua a través del muro.
Traspasado el arco de la Estrella, se observa a uno y otro lado la interesante perspectiva del adarve o ronda de la muralla. De frente, una estrecha calle lleva hacia la plaza de Santa María. Pero antes de acercarnos a ella, podemos dirigirnos a la izquierda hasta el hermoso Palacio Renacentista de los Toledo-Moctezuma, edificado por Juan Toledo Moctezuma, biznieto del último emperador azteca.
La Plaza de Santa María es el núcleo principal de la ciudad baja. Detrás de la iglesia del mismo nombre, con su torre coronada por nidos de cigüeña, está el Palacio de Carvajal con su torre redonda y su gracioso balcón de esquina. En la plaza está también el Palacio de los Golfines de Abajo, que reúne varios de los elementos que caracterizan la casa fuerte gótica y que veremos repetidos en muchos otros edificios de la ciudad: la puerta principal en arco de medio punto formado por largas dovelas, los escudos nobiliarios, las ventanas góticas, a menudo geminadas, y las imponentes torres con sus matacanes o balcones fortificados.
Pasaremos de la Plaza de Santa María a la de San Jorge, dominada por la elevada fachada de la Iglesia de San Francisco Javier, y de allí a la cuesta de la Compañía. Dejando atrás la casa de los Solís y la torre de los Sande, llegamos al centro de la ciudad alta: la Plaza de San Mateo.




A un lado de la iglesia, que contiene interesantes sepulcros góticos y renacentistas, está la Casa de los Cáceres-Ovando, con su alta torre de las Cigüeñas, que luce hasta hoy su cuerpo superior saliente y coronado de almenas, pues es la única que se salvó del desmochamiento ordenado por Isabel la Católica para bajar los humos a los nobles levantiscos.
Más allá, llegamos a la casa de las Veletas, parada obligada para visitar el Museo Provincial, que atesora valiosas reliquias del pasado y obras de arte. Este edificio ocupa el lugar del antiguo alcázar, del cual se conserva el aljibe árabe, digno de ser visitado, ya que se trata de uno de los mayores de España y el más importante por el número de sus arcos de herradura, que se sustentan sobre columnas romanas reutilizadas con este fin.




Nos encontramos muy cerca del antiguo Barrio Judío, que constituye un interesante contrapunto popular a las nobles casas blasonadas que ocupan la mayor parte del recinto amurallado. Aquí las casas, de humildes dimensiones pero no exentas de encanto, se amontonan en callejuelas empinadas al abrigo de la muralla. Donde estuvo un día la sinagoga se levanta la Ermita de San Antonio, construida en el s. XV, que resulta también pintoresca al ofrecer un aspecto sencillo, muy diferente del de los grandes templos de la época. Y a un paso de aquí se encuentra la puerta llamada Arco del Cristo, principal vestigio romano del recinto, ya que data del s. I.
Volviendo sobre nuestros pasos y atravesando el centro de la ciudad alta, podemos explorar su barrio más meridional y en especial los palacios que se reparten en torno a la gran manzana formada por las calles Ancha, Condes, Puerta de Mérida y Olmos. Y no olvidaremos, volviendo hacia la ciudad baja, recrear la vista con la interesante y atípica fachada de la Casa mudéjar situada en la cuesta de Aldana, única que se conserva de su estilo.

Y para reponer energías tras el paseo, qué mejor que saborear las especialidades de la tierra. Entre ellas hay que destacar el jamón de pata negra y otros productos del cerdo y el cordero, como el frite, el pestorejo o el picadillo. A quien prefiera el pescado, le recomendamos las tencas fritas y las truchas del Jerte.