 |  | Por Gerardo Arrarte
| Descubrir Lisboa es una hermosa aventura; recordarla, un placer entrañable. El colorido aportado por gentes venidas de todo el mundo, esa sosegada calidez casi hogareña que transmiten sus habitantes, las reminiscencias de la vieja metrópoli de un imperio de ultramar, los sonidos amortiguados del tráfico, de los viejos tranvías y funiculares, los desniveles del terreno que a cada paso nos sorprenden con inesperados miradores, y esa mezcla inefable de aromas de mar, de café, de castañas asándose en las esquinas... Un sin número de elementos heterogéneos se combinan para producir una atmósfera acogedora y sencilla que ya quisieran para sí muchas grandes capitales europeas. |    | Primer día: la Baixa , el Chiado y el Bairro Alto |   | Su situación geográfica junto a la desembocadura del Tajo ha hecho de Lisboa una ciudad marinera, lugar de encuentro entre continente y océano. Por ello, sugerimos comenzar la visita como si viniéramos del mar, por el lugar que fue antiguamente lugar de llegada de viajeros.
Se trata de la Praça do Comércio, también conocida como Terreiro do Paço. Rodeada en tres de sus lados por edificios simétricos de amplios soportales, por el sur, la plaza se abre al río. Aquí se alzó el antiguo palacio real, destruido como gran parte de la ciudad en el terremoto de 1755. Hoy es punto de partida de las excursiones en barco que llevan a la orilla opuesta, al histórico barrio de Belém o al moderno Parque das Nacões. De aquí salen también las excursiones turísticas en tranvías centenarios, que pueden ser una forma amena y diferente de empezar a conocer la ciudad.
Partiendo del Comércio en dirección opuesta al río, nos adentraremos por las calles de la Baixa, barrio reconstruido enteramente tras el terremoto y uno de los primeros ejemplos europeos de la moderna planificación urbana con calles en cuadrícula. En esta animada zona comercial podemos observar numerosas fachadas cubiertas de azulejos, elemento característico de la arquitectura portuguesa. La gente entra y sale de los bancos, de las tiendas y de sencillos restaurantes decorados también con azulejos.
Atravesando la Baixa, llegamos a dos grandes espacios que desde época medieval son importantes centros de animación de la ciudad: el Rossio y la Praça da Figueira. Ambos han sido remodelados recientemente y ofrecen ahora todo el esplendor de sus monumentos y sus fuentes. Desde la Praça da Figueira, rodeada de las típicas casas abuhardilladas de la Lisboa pombalina, se ve en lo alto el Castillo de São Jorge.
Cerca del Rossio se encuentran varias tascas o "ginjinhas", locales donde se degusta el típico licor de este nombre. Algunas de las más célebres están en el Largo de Santo Domingos y en las calles Portas de São Antão y Barros Queirós.
Volviendo hacia la Baixa, tomaremos el Elevador de Santa Justa, situado en el extremo oeste de la calle del mismo nombre. Este ascensor de hierro forjado de 45 m de altura, construido hace un siglo por un discípulo de Eiffel, une la ciudad baja con el Chiado y el Bairro Alto. Desde lo alto, disfrutaremos de hermosas vistas de la ciudad y pasaremos junto a las ruinas de la Iglesia do Carmo, mantenidas intactas en recuerdo del gran terremoto de 1755.
Por la rua do Carmo, llegamos a la rua Garrett, también llamada simplemente el Chiado, centro de este elegante barrio comercial. En ella se encuentra el célebre café A Brasileira, en cuya terraza una escultura representa a Fernando Pessoa, como recuerdo de los tiempos en que este local era frecuentado por el poeta.
El Bairro Alto se cuenta entre los más pintorescos de la ciudad, por su arquitectura, sus tiendas de antigüedades, sus restaurantes y tascas. Para llegar a él, giraremos a la derecha por la rua Misericórdia, al final del Chiado, y luego nos adentraremos por cualquiera de las calles menores que se abren a su izquierda.
Esta es una excelente zona para saborear una cena reparadora, tal vez acompañada por la dulce y nostálgica música de los fados, tras la cual, si el cuerpo resiste, no nos faltará dónde continuar la marcha. Y a la hora de retirarse a descansar, podemos abandonar el Bairro Alto por el Elevador da Gloria, no sin antes detenernos a observar la ciudad iluminada desde el Mirador de São Pedro de Alcântara. |    | Segundo día: el Gulbenkian, la Mouraira y la Alfama |   | Al norte del Rossio, se sitúa la Plaza de los Restauradores, que constituye un nexo de unión entre la Lisboa antigua y la ciudad moderna. Está rodeada de importantes edificios de finales del XVIII, entre ellos el Palacio Foz, que alberga la oficina de turismo. Desde aquí arranca la gran avenida da Liberdade, que termina en la Rotunda o Plaza del Marqués de Pombal, dedicada al artífice de la reconstrucción llevada a cabo tras el terremoto de 1755. Más allá, está el gran Parque de Eduardo VII.
Por la avenida Antonio Augusto de Aguiar, llegaremos al Museo de la Fundación Gulbenkian, uno de los principales atractivos culturales de Lisboa. Contiene la gran colección de arte del magnate del petróleo Calouste Gulbenkian, de la cual destacan las secciones dedicadas al arte oriental.
Al final de la visita al museo, volveremos al centro de Lisboa para seguir con nuestra exploración de los barrios históricos. Una forma divertida de hacerlo es en tranvía. Podemos tomar el número 12, que hace un recorrido circular partiendo de la Plaza da Figueira y tras cruzar la Baixa y pasar frente a la catedral, nos dejará cerca del Castillo de São Jorge.
Situado en la cima de una colina que domina la ciudad, el castillo ofrece, desde su explanada, unas vistas estupendas de Lisboa y el Tajo. A sus pies, se extienden dos barrios antiguos y pintorescos: la Mouraria y la Alfama.
La Alfama, desde antiguo barrio de pescadores, mantiene todo el tipismo de su identidad popular. Nos perderemos un poco al azar por su laberinto de calles llenas de vida. Entre el ajetreo de la rutina diaria podemos encontrar algún resto de la muralla árabe, casas típicas y, por todas partes, el sabor de lo añejo. Hay en la Alfama numerosos restaurantes modestos pero encantadores. Son muchos los locales que ofrecen música de fados. |    | |  | | |       | Si antes hemos propuesto empezar a conocer Lisboa desde el mar, también nos parece buena idea despedirnos de ella junto al mar. Y lo haremos dedicando nuestro último día a conocer un lugar algo apartado del centro de la ciudad que da testimonio de las glorias del pasado: el conjunto monumental del barrio de Belém.
Podemos llegar a Belém desde la Plaza do Comércio por barco o en el tranvía 15. Este barrio fue el punto de partida de los grandes viajes de descubrimiento emprendidos por Portugal. Cuenta con dos monumentos bellísimos, considerados máximos exponentes del arte manuelino: el Monasterio de los Jerónimos y la Torre de Belém.
El gigantesco edificio del monasterio merece una observación detenida del exterior y una visita pausada a la iglesia y al claustro, este último recientemente restaurado. Construido en el s. XVI por encargo del rey Manuel I, todo el edificio transmite la sensación de grandiosidad con que fue concebido.
En cuanto a la Torre de Belém, baste decir que, aunque Lisboa no tuviera otros encantos, solo la contemplación de su belleza justificaría el viaje.
Belém es también un buen lugar para contemplar la gracia del impresionante puente 25 de Abril. Aunque aún más colosal y moderno es el puente Vasco de Gama, el mayor de Europa. Este puente está muy cerca de la última gran obra de urbanismo de finales del s. XX, el Parque das Nações, antiguo recinto de la Exposición de 1998 y actual centro de ocio y cultura que alberga entre otros un impresionante Oceanario. Pero esta parte la tendremos que dejar para nuestra próxima visita... |  |  |  |