 | Por Gerardo Arrarte
| Entre la localidad burgalesa de Aranda de Duero y el monasterio de Santo Domingo de Silos, encontramos parajes no exentos de sorpresas y que conservan reliquias históricas y artísticas de gran interés. |    | Aranda de Duero, estratégicamente situada en el centro de la comarca burgalesa de la Ribera, ofrece al viajero un rico patrimonio artístico y una no menos tentadora gastronomía: la afamada morcilla de Burgos, el cordero asado acompañado de torta de aceite, los quesos de oveja... por no hablar de los renombrados vinos de la región. No lejos de la Plaza Mayor porticada, se encuentra la iglesia de Santa María, de la que destacan la espléndida portada gótica isabelina recientemente restaurada, la escalera mudéjar de ascenso al coro y los bajorrelieves del púlpito plateresco. Muy cerca está la iglesia gótica de San Juan Bautista con su torre fortificada y, a pocos metros de ella, el hermoso puente románico de Tenerías. Aranda cuenta además con una auténtica red de galerías compuesta por más de ciento veinte bodegas excavadas en el subsuelo en época medieval. |    | Por la carretera que lleva hacia Santo Domingo de Silos, se llega al barrio de Sinovas, donde está la iglesia de San Nicolás de Bari, con su portada románica de sobria belleza y las columnas de capiteles corintios que sustentaban el desaparecido pórtico. Más allá está Villanueva de Gumiel, un pequeño pueblo cerca del cual existe, en un claro del bosque, un auténtico menhir de cultura megalítica con una perforación en el centro.
Siguiendo hacia Silos, justo antes de llegar a Baños de Valdearados, se conservan los restos de una villa romana, en especial tres mosaicos admirables, el más importante de los cuales, dedicado a Baco, parece ofrecer un primer testimonio de la vocación vitivinícola de la región.
Más adelante, se halla Caleruega, donde nació Santo Domingo de Guzmán, fundador de la orden de los Dominicos. Su monumento más antiguo es el torreón de los Guzmán, que perteneció a la familia del Santo. En torno a él se encuentran el convento de las monjas dominicas, fundado por Alfonso X el Sabio, una iglesia del siglo XVI, un convento de frailes y, un poco más alejada, la iglesia románica de San Sebastián. Quizás el viajero desee reponerse, antes de seguir adelante, probando las pastas que se elaboran en el convento. |    | Justo antes de llegar a Silos, la carretera atraviesa las peñas de Cervera. Estamos junto a La Yecla. Se trata de una angosta garganta abierta entre rocas calizas por cuyo fondo corre el arroyo del Cauce y que podemos recorrer sobre una pasarela colgante.
Y llegamos así a Santo Domingo de Silos, donde el viajero encontrará el merecido reposo disfrutando de la paz y armonía que se respira en el claustro del monasterio. Esta maravilla arquitectónica encierra uno de los más ricos tesoros del arte románico. Resulta admirable la imaginación derrochada en los 62 capiteles del claustro inferior, cuyos variados motivos forman un original repertorio de la iconografía medieval. En las cuatro esquinas de las galerías inferiores encontramos no menos interesantes escenas escultóricas en bajorrelieve. El alto ciprés centenario al que Gerardo Diego dedicara el famoso soneto que comienza con el verso "enhiesto surtidor de sombra y sueño..." ocupa, impasible, su lugar en el jardín del claustro. En la Edad Media, el monasterio contó con un "scriptorium" del que se conservan importantes manuscritos, como el que contiene las Glosas Silenses, de finales del siglo XI, uno de los más antiguos testimonios de la lengua castellana. El monasterio cuenta con un espacio reservado a exposiciones (ver artículo sobre Cristino de Vera), y una botica que guarda, entre hornos, retortas y alambiques, una importante colección de tarros de Talavera.
No abandonaremos Silos sin asistir en la iglesia a cualquiera de los siete oficios que a diario tienen lugar, para dejarnos transportar a tiempos pasados por el canto gregoriano de los monjes. Aparte de la obligada visita al monasterio, las calles de Silos bien merecen un paseo para contemplar sus numerosas casas de piedra, muchas de las cuales ostentan en las fachadas sus escudos nobiliarios.
Si tanta contemplación nos hubiese abierto el apetito, qué mejor que probar el típico cabrito asado o los platos de caza, regados por vinos de las riberas del Duero o del Arlanza. Para llevarnos un dulce sabor de boca, el postre del abuelo: queso de Burgos con nueces de Silos y miel de espliego. |  |  |  |