 | Por J.A. López Pizarro
| Sería un error pensar que, cuando hablamos de la Córdoba de las Tres Culturas, de lo que queda de aquella Córdoba, lo hacemos de una ciudad compartimentada, dividida en "sectores culturales". Córdoba no es así. Sin desorden, la ciudad muestra en su urbanismo y monumentos la convivencia real de judíos, musulmanes y cristianos, compartiendo un mismo espacio urbano durante cientos de años. |    | En la margen izquierda del Guadalquivir, el Río Grande, vigilando el extremo del puente romano que lo cruza, se alza la Torre de la Calahorra, una pequeña fortaleza cristiana del s. XIV que hoy alberga al Museo Histórico de la ciudad. Su visita es imprescindible para comprender cómo era aquella ciudad califal que se perfila en la orilla contraria, en sus tiempos de esplendor la mayor urbe de toda Europa, con más de un millón de habitantes, y en la que confluían Oriente y Occidente.
¿Dónde empieza pues lo cristiano, lo judío o lo musulmán? No hay respuesta a esa pregunta. Dejando atrás la Calahorra camino a la ciudad, desde el puente mandado construir por el emperador Augusto vemos en la orilla los restos de una enorme noria árabe, y tras ella el Alcázar de los Reyes Cristianos, atisbándose algunas casas de la judería. Todo está junto, pero no revuelto, conservando su impronta cada piedra, y conformando a su vez el carácter del resto de la ciudad. |    | El puente nos deja casi a los pies de la antigua Mezquita, hoy Mezquita-Catedral reservada al culto católico. Quien desconozca la importancia de Córdoba en la Europa medieval quedará impresionado al asomarse al Patio de los Naranjos y ver la grandiosidad de la que fue la mayor mezquita del mundo, recogiéndose bajo sus techos hasta 25.000 fieles en la oración. Si la impresión es mucha, mejor recobrar el aliento antes de entrar, porque su interior no deja indiferente a nadie. De nada sirven ideas preconcebidas o documentaciones exhaustivas: lo que veremos no nos dejará indemnes. La Mezquita hay que recorrerla más con los ojos del alma que con los pies, perdiéndonos entre las interminables arcadas, por sus cúpulas, por sus oscuros rincones, hasta llegar al Mirhab. Se puede describir este Mirhab, las decoraciones, los mosaicos regalados por el emperador de Bizancio que lo coronan, las leyendas que lo circundan, pero su sólo se puede aprehender con la reposada y silenciosa contemplación. La Mezquita fue construida por deseo de Abderramán I, primer califa de Qurtuba, al estilo de las mezquitas omeyas, concretamente de la de Jerusalén. Era ya un estilo nostálgico, de la Siria de su depuesta dinastía, y de tanta añoranza quedó un mirhab no orientado a La Meca sino a Damasco. |    | A la Judería se entra sin trámites al abandonar la Mezquita. Guárdense los planos, porque hay que dejarse perder por sus calles silenciosas y respirar la atmósfera mágica que flota en ellas. Sin dificultad nos encontraremos con Maimónides, la vieja sinagoga, casas andalusíes y alguna que otra casa palacio.
Estaremos fuera de la Judería cuando nos empecemos a encontrar con patios llenos de flores. Vamos en dirección de la cuadrangular y muy peculiar Plaza de la Corredera y nos encontramos con muchos de ellos, con incontables macetas y miles de flores recubriendo las paredes. Eso si es primavera o verano. Es lo único temporal que hay en Córdoba. |  |  |  |