En el valle del Mauldre, en pleno corazón de la región parisina de Yvelines, todavía existe un trozo de paraíso a salvo de los apetitos inmobiliarios y en él una familia que, desde 1971, cría sus hortalizas según los principios de la agricultura ecológica.
El área metropolitana de París, la famosa banlieue, no es siempre sinónimo de conflictos y ciudades dormitorios. Tomemos por ejemplo el valle del Mauldre (un pequeño afluente del Sena), en la región de Yvelines. A 40 minutos al oeste de París, nos aguarda un apacible paraje campestre compuesto de bosques, pueblecillos “rurales” como Les Mesnuls y las últimas explotaciones agrícolas de la región de Yvelines. Es aquí, entre los pueblos de Saint-Rémy-l’Honoré y Tremblay-sur-Mauldre, donde la familia Renard aplica desde 1971 principios de agricultura ecológica en el cultivo de sus hortalizas.
Pero, ¿cómo surgió esta idea en una época en que la agricultura ecológica pasaba por ser una locura? Muy fácil: gracias a los… ¡pulgones! Por aquella época, el abuelo intentó acabar con los pulgones con un tratamiento químico y acabó intoxicado y enfermo. Los “bichos”, sin embargo, siguieron gozando de excelente salud. “Ha llegado el momento de volver a utilizar los métodos de mis abuelos”, decretó. En la década de los 80, su hijo Michel empezó a vender directamente en los mercados mientras que, la crisis de la vaca loca años más tarde contribuía al auge de los productos ecológicos.
Hoy, la familia Renard –los abuelos (83 y 85 años), el padre, los hijos y sus respectivas parejas– y sus empleados cultivan 11 hectáreas sin utilizar una gota de herbicida químico. Los insectos se combaten mediante el principio de la lucha razonada, es decir introduciendo especies rivales. Las malas hierbas, el enemigo más tenaz, simplemente se queman. Los arriates se desinfectan con vapor de agua.
Resultado: los Renard crían más o menos todo lo que crece en el campo, en total un centenar de hierbas y verduras. Sin embargo, si tuviéramos que quedarnos con una de las maravillas que hemos visto crecer, la hortaliza estrella quizá fuera el tomate. La temporada comienza con las variedades habituales, es decir precoces, como el tomate paola. Ya con la temporada más avanzada empiezan a llegar las variedades antiguas, jugosas y suculentas, como el tomate corazón de buey, el rosa de Berna, el negro de Crimea o el tomate cornudo de los Andes.
Como nos recuerda Céline, hija de Michel, “un buen tomate es un tomate tierno”, contrariamente a lo que creen los grandes hipermercados y, por desgracia, buena parte de los consumidores. El pico de producción se alcanza a mediados de agosto, el momento ideal pues de comprarlos por kilos a fin de prepararlos secos o triturados en conserva.